Te guste o no, hay que adaptarse.

Qué chévere ser joven.

No hay mucho pragmatismo. En la mayoría de los casos no pagas impuestos directamente, no tienes una empresa que sostener, no tienes empleados dependiendo de ti y muchas veces el sistema está diseñado para que tu principal preocupación sea estudiar, salir de fiesta, enamorarte y vivir. Solo vivir. Eso, claro, en un escenario medianamente civilizado.

Pero, ¿qué pasa cuando tienes siete años y ya sabes que un producto tan básico como el papel higiénico empieza a faltar? Cuando antes alcanzaba para el pancito del desayuno y después ya no tanto. Cuando la mantequilla se convierte en margarina y la margarina se convierte en "lo que haya". Ese tipo de cosas te marcan. Te guste o no, empiezan a construir tu forma de ver el mundo...

Por eso siempre me ha parecido curioso cuando se habla de "conciencia social" como si fuera una sola cosa, como si existiera una única manera correcta de preocuparse por los demás. Yo no estoy tan seguro. Porque el que se preocupa por la pobreza tiene conciencia social, pero también la tiene quien se preocupa por la inseguridad, quien ve cómo le matan el negocio a punta de impuestos, extorsión o burocracia, o quien siente que sus derechos y su dignidad están siendo vulnerados. No siempre estamos hablando de problemas distintos. Muchas veces estamos hablando del mismo país visto desde diferentes ángulos...

Y justamente por eso nunca me ha parecido correcto llamar a alguien "bobo hijueputa" solo porque vota por X o por Y. Tal vez quien vota por X tiene a su abuelo en una finca de Acacías, Meta, viviendo bajo la presión constante de grupos armados. Tal vez para él la seguridad no es una estadística, una propuesta de campaña o un debate en Twitter. Tal vez es una conversación que ocurre en la mesa de la casa cada vez que suena el teléfono. Pero también hay quien vota por Y porque siente que sus derechos, su identidad o su forma de vivir están siendo cuestionados. Y para esa persona tampoco es una discusión académica. Es su vida. Es algo que lo acompaña todos los días.

Lo curioso es que muchas veces hablamos como si el otro fuera ignorante, egoísta o incluso malintencionado por no tener nuestras mismas prioridades. Y es por una sola jodida cosa: No les ha tocado lo mismo.

Conozco personas que se hicieron de izquierda porque crecieron viendo injusticias reales, discriminación, abandono o desigualdad. Y también conozco personas que se hicieron de derecha después de perder un negocio, sufrir una extorsión o ver cómo la inseguridad les cambió la vida.. Y detrás de todo eso hay historias que forman el criterio

La experiencia no te vuelve dueño de la verdad. Pero sí influye profundamente en las preguntas que empiezas a hacerte. Cuando te toca emprender entiendes unas cosas. Cuando te toca ser discriminado entiendes otras. Cuando te toca mantener una familia entiendes unas. Cuando te toca vivir violencia entiendes otras. Y así sucesivamente.

Por eso me cuesta tomarme en serio a quienes creen que todos los problemas del país se reducen a una sola explicación. A los que creen que todo es economía. A los que creen que todo es identidad. A los que creen que todo es seguridad. A los que creen que todo es justicia social. Un país es demasiado complejo para caber dentro de una consigna.

Y sí, muchas veces la experiencia cambia perspectivas. No porque quien no ha vivido algo tenga menos derecho a opinar. Todo lo contrario. Cada ciudadano tiene exactamente el mismo derecho a participar en democracia. Lo que ocurre es que vivir ciertas situaciones suele obligarte a ver dimensiones del problema que antes no veías. Uno puede defender ciertas ideas a los dieciocho años y seguirlas defendiendo a los cuarenta. O puede cambiarlas por completo. Ambas cosas son válidas. Lo importante es que las conclusiones sean propias y no prestadas. Que uno piense por cuenta propia. Que no le arriende el cerebro a nadie.

Y es curioso. Les hablas a algunos de inflación, desempleo, productividad o generación de empleo y se les cae la cara de aburrimiento. Pero que alguien maltrate un animal y se movilizan inmediatamente. Al mismo tiempo, hay otros que pueden recitar indicadores económicos de memoria pero son incapaces de entender por qué ciertos temas sociales generan tanto dolor. Ambos errores nacen del mismo lugar: creer que solo importa aquello que a uno le afecta personalmente.

Y para cerrar, soy fiel testigo de que la experiencia construye criterio.

Porque estoy bastante seguro de que a Ramón, el de los helados, que está tratando de no ahogarse entre impuestos, trámites y extorsiones, le importa un culo la revolución ética de moda en redes sociales. Pero también estoy bastante seguro de que a Andrés, a quien le mataron a su hijo Simón por cómo se vestía, por cómo se expresaba y por ser quien era, le importa un carajo el balance financiero de la heladería de Ramón.

Los dos están viendo el mundo desde una herida distinta.

Y precisamente por eso deberíamos tener un poco más de humildad cuando hablamos de política. Porque detrás de cada voto suele haber una historia que no conocemos, una experiencia que no vivimos y un dolor que no nos pertenece.

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