¿Ballet? ¿Función?
Estos tres meses en Ballet Tierra Colombiana han sido un viaje intenso, raro y lleno de momentos que no me esperaba. Llegué con la ilusión de aprenderlo todo, pero también con el peso de ser “el nuevo”: no saber dónde pararse, depender de otros para ubicarse, dejarme arrastrar en medio de una coreografía para no perderme y, claro, recibir mis buenos regaños cuando las cosas no salían.
En medio de eso, encontré calor en algunos profesores que te miran y ven el esfuerzo más allá de los errores, pero también entendí que no todos me verán como “Samu”; para muchos soy solo uno más. Con mi personalidad callada y tímida, encajar en un mundo donde todo es beso y abrazo no ha sido fácil. Muchas veces siento que observo desde afuera, como si estuviera viendo una película en la que aún no sé en qué momento entro del todo.
Y aun así, poco a poco he ido encontrando mi lugar. Tal vez no soy el mejor, pero busco hacerlo bien. Aprendí que las caídas son parte del proceso, que la presión saca carácter y que mis fortalezas y debilidades van de la mano, empujándome a mejorar.
Y cuando menos lo pensé, terminé bailando en América, América, América bajo el nombre de Fernando Urbina. Ahí estaba yo, en un escenario que hace tres meses parecía inalcanzable.
Y sí… a veces me cuesta celebrar un logro. Crecer con esa mentalidad de “mamá, saqué 5.0 en el examen” y escuchar un “qué bien, es tu obligación” deja una marca. Te enseña, sin querer, que todo lo que logras no es motivo de celebración, sino simplemente algo que debías hacer. Y esa idea sigue ahí, recordándome que siempre hay otra meta que cumplir, otro paso que perfeccionar.
Quizá por eso estos meses han sido más que aprender a bailar: han sido aprender a reconocer mis propios avances, aunque nadie los aplauda. Porque a veces crecer también es darse permiso para decir: “Lo hice bien” y sonreír por ello.
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