Sin Daños A Terceros "La Fiesta"
Es curioso pensar en cómo las cosas se pueden acelerar
exponencialmente. Un día, todo parece encajar perfectamente en su lugar, como
si el universo estuviera alineado con nuestros deseos. Las conversaciones son
triviales, las risas son sinceras, y cada gesto parece predecible. Pero basta
un pequeño giro, un comentario casual, una palabra dicha sin pensar, para que
todo cambie de repente. Ese momento, aparentemente insignificante, puede ser el
punto de partida de una serie de eventos que se despliegan con la fuerza
imparable de una avalancha, arrastrándote hacia lugares donde nunca imaginaste
estar. Te encuentras cuestionando todo lo que creías conocer sobre los demás y,
más inquietante aún, sobre ti mismo.
Venía de un par de ensayos para una coreografía que estaba
armando con un grupo. No recuerdo haber hablado de lo talentoso que soy en los
medios artísticos, pero sí, me encanta bailar y tocar la guitarra. El dibujo no
se me da muy bien, pero me defiendo. La coreografía era una bachata. Recuerdo
que un día le dije a un amigo bailarín, muy talentoso, por cierto, que yo
quería bailar, y él, en menos de lo que canta un gallo, me metió en un grupo
donde bailaban bachata. El primer día bailando era un completo tronco, no lo
niego. Pero, con el tiempo, adquirí mucha soltura hasta el punto de poder armar
mis propias coreografías. Eso tal vez fue gracias a Sara, la novia de mi amigo.
Quizás en su mente, cada vez que ensayábamos, ella pensaba: “¡Maldito tronco, o
te mueves o te muevo!” De cierto modo le
agradezco.
Llegué a mi casa, los ensayos terminaron a eso de las dos de
la tarde, tomé un baño, preparé algo caliente para tomar (Obviamente no era un
café) y me acosté a revisar el celular, noté que recién abrí la app de
mensajería, noté varios mensajes de Valentina y seguido a eso me salió una
llamada telefónica.
—¿Aló?
—Hasta que por fin… Casi me hago amiga de tu contestadora.
—Estaba ensayando, Olivita. Dime, ¿todo bien?
—¿Ensayando?
—Sí, Oli.
—Ahhh ¡recuerdo que me contaste que tú tocas la guitarra!
—Sip, pero no. Estaba ensayando baile.
—¿Bailas? No sabía eso de ti. Te juro que tenías apariencia
de tronco…
—¿Qué clase de imagen tenés de mí?
—Una imagen extrañamente distorsionada de lo que vi el
primer día, eres más talentoso de lo normal.
—Me conoces poco, sumercé.
—Al parecer… Checa que, te llamé porque quería saber si
querías venir conmigo a una boda.
—¿Habrá comida?
—Mira, pedazo de pornodependiente, sí. Sí habrá comida.
¿Habrá algún momento en el que no pienses en comer?
—Lo siento, el café y la comida en general son las cosas por
las que vivo.
—¿Vienes o no?
—Claro, belleza. Procura llevar ropa cómoda porque vamos a
bailar toda la noche…
—Malas noticias… No sé bailar.
—Ahr, rola tenías que ser…
—Tú te callas, yo vengo de Girardot.
—Peor aún, jajá. —Dije, con aquel sarcasmo que me
caracteriza.
—Bastaaa…
—Bueno, ya no más. ¿Cuándo es?
—De hoy en ocho, vente formal.
—Si mi comandante.
—Ridículo…
Las fiestas me encantan; nunca me las pierdo bajo ninguna
circunstancia. Aproveché unos días libres del trabajo para prepararme: arreglé
mi vestimenta, me hice un buen peinado y me ocupé de otros detalles. Siempre
opto por ropa cómoda, ya que, de alguna forma, bailar con ropa ajustada puede
hacerte sentir como un tronco, al menos en mi caso.
Llegó el gran día, que se suponía que sería por la noche,
después de la misa. Antes de todo, decidí comer algo rápidamente, por si acaso
no hubiera comida en la fiesta. Luego, pedí un carro para recoger a Valentina.
Llegué al apartamento 303 y, al abrir la puerta, me quedé
sin palabras. Ahí estaba Valentina, a punto de salir, y no podía creer lo bella
que se veía. Llevaba un vestido que no solo le quedaba perfecto, sino que
además realzaba su figura de una manera impresionante. El color era profundo y
elegante, casi como si estuviera hecho a medida para ella. El labial vinotinto
que llevaba no solo destacaba, sino que también le daba un aire atrevido. Su
cabello, largo y liso, caía con una perfección que hacía que pareciera que
acababa de salir de una sesión de fotos. Y esos tacones, ¡Virgen santísima!, le
daban al menos diez centímetros más de altura, haciéndola parecer aún más
imponente. Cada paso que daba en esos tacones era una mezcla de elegancia y
confianza, y la verdad, estaba claro que estaba lista para arrasar en la
fiesta. Verla así me dejó claro que esa noche iba a ser inolvidable.
—¿Estas de mirón, citadino? —dijo ella
—¿Mirón? —respondí, tratando de procesar lo que estaba viendo—. Más bien estoy asombrado.
Te ves… te ves....
—Gracias, esa mirada me lo dice todo. Aunque si me hubieras
visto antes de todo esto, habrías visto un caos total.
—¿Cómo carajos mejoras algo que ya es perfecto? —dije
mientras me acercaba para saludarle con un beso casi dirigido a donde yo más
deseaba.
Vale se giró hacia el espejo una última vez, arreglándose
una hebra de cabello con un gesto despreocupado. Estaba yo detrás de ella, no
paraba de mirarle sus ojos acafeínados.
—Bueno, arranquemos,
que la fiesta no se va a disfrutar sola.
—¡Si señora! Vamos
a arrasar —dije, sonriendo mientras le abría la puerta y la seguía hacia el
vestíbulo.
Ambos nos reímos y
salimos del apartamento, listos para la noche que prometía ser memorable.
Íbamos en el carro, no sé qué le picaba al chofer, él nos
lanzaba miradas a través del retrovisor, algo pícaras podría decir. Él tenía
con qué, y es que Vale y yo no parábamos de hacer pendejadas en ese carro,
entre esas, era darnos mordiscos en el brazo, reírnos de la gente que veíamos
en la calle, pellizcos y alborotarnos el cabello. Y si, llegamos a la fiesta
vueltos mierda.
—Son veintitrés mil quinientos —dijo el chofer
—Tenga señor —dije
Bajamos del taxi, eran las siete de la noche, y se notó que
iba a ser una noche larga. Quería bailar toda la noche, tal vez es a eso a lo
que voy a una fiesta.
—Franco, ven.
—Voooy!!
Entramos al salón de eventos, decorado por todos lados de
color rojo bien oscuro y blanco, parecía una total fiesta de póker. Al entrar
la recepcionista nos recibió cordialmente indicándonos nuestra mesa que justo
tenía solo dos asientos, lógicamente para ella y yo. Llegamos, nos sentamos e
inmediatamente nos ofrecieron una entrada de alcohol.
—Buenas noches, ¿cómo están? ¡Para la entrada tenemos
cocteles! ¿desean alguno? —dijo la mesera.
—Buenas noches, ¿Cómo está, sumercé? ¿de casualidad tiene
Cosmopolitan? —dije
—Sí señor, y… ¿para la dama?
—Yo quiero un Orgasmo…
Obviamente yo como bartender profesional, sabía lo que era
un orgasmo, pero no que ella lo sabía. No aguantaba la risa interior al ver la
cara de la mesera que, a juzgar por eso, tampoco conocía ese tipo de coctel.
—Listo, sí señor. Ya se los traigo. —dijo la mesera, con
aquellos labios temblando, quizás de la risa…
Miré a Valentina directamente a los ojos y ella solo me
mostraba una sonrisa pícara frente a semejante momento incómodo.
—¿Qué? —dijo ella
—No, nada. Solo que… no me esperaba que conocieras dicho
coctel, y menos que lo dijeras con aquella mueca.
—Ah, ¿no? —me
respondió, arqueando una ceja y acercándose un poco más, su sonrisa
convirtiéndose en una media luna burlona—. Creo que todavía no sabes muchas
cosas de mí, Franco.
La mesera regresó con las bebidas, con la misma expresión de
quien intenta disimular una risa contenida. Puso el trago de Valentina frente a
ella y el mío en la mesa.
—Aquí tienen, espero los disfruten —dijo antes de irse,
probablemente a reírse en la cocina.
Valentina levantó su copa con elegancia, me miró a los ojos
y se mordió el labio antes de soltar un susurro que, aún entre toda esa bulla,
se clavó directo en mi cabeza:
—Salud, por los que saben pedir lo que quieren sin
vergüenza.
Brindé con ella, sin poder ocultar lo nervioso y emocionado
que estaba. Cada vez que salgo de mi zona de confort es una locura.
Tan pronto el animador agarró el micrófono y se oyó el
primer golpe del merengue, la fiesta se prendió. La gente se fue levantando, y
los más fiesteros empezaron a mover ese booty. Se sentía la energía, y el tipo
no perdió tiempo:
—¡Eso, pues! ¡A gozárselo, mi gente, que nadie se quede
quieto! —gritaba mientras la pista se llenaba de parejas dándole con toda.
Vale y yo en ese momento estábamos comiendo, yo terminé en
menos de lo que canta un gallo y con mucho ánimo por bailar, pero ella estaba
algo demorada comiendo.
—Ajá, ¿Cómo cuándo terminas? —dije
—Cálmate —me respondió con la boca medio llena, mirándome
como si le estuviera metiendo presión en un examen.
—¡Es que ya me tiembla una pierna! —dije mientras me
levantaba de la silla y empezaba a marcar unos pasos suaves al lado de la
mesa—. Solo pa’ calentar, nada serio...
—Eso dijiste la última vez —dijo, levantando una ceja y
tomando otro bocado—, y terminaste haciendo un giro como si estuvieras en un
escenario.
—Ay pues, que pena sumercé, es que la música me llama. No es
culpa mía —respondí con una sonrisa, dando una pequeña vuelta y lanzando una
mirada dramática al techo, como si invocara a Michael Jackson.
Ella soltó una risita y negó con la cabeza.
—No sé por qué insistes tanto si sabes que yo no le sé al
baile—dijo mientras masticaba el último pedazo de su comida.
—El baile no se sabe, se siente. Y yo te enseño, solo
necesitas dejarte llevar. Además, mira, ya acabaste. —Le señalé el plato vacío
como si hubiera ganado una competencia.
—Tú me vas a hacer pasar pena —dijo, pero ya se estaba
limpiando las manos y poniéndose de pie, como quien sabe que no hay
escapatoria.
—La única pena sería no intentarlo. —Le guiñé un ojo y
extendí la mano—. ¿Lista para que el mundo vea nuestros primeros pasos hacia la
gloria?
Ella puso los ojos en blanco, pero tomó mi mano.
—Si me pisas, te mato —dijo en tono serio.
—Prometo que solo te piso si es parte de la coreografía.
Y así, fue como nos dirigimos al salón.
Nos paramos en medio del salón —no era pista de baile ni
nada, pero bastaba con que hubiera suelo y una canción en mi cabeza. Le tomé
una mano, puse mi otra mano en su espalda y le guiñé un ojo.
—Tú solo mírame a mí —le dije—. Yo me encargo de todo.
—¿Y si me tropiezo?
—Caemos con estilo.
Puse el ritmo en mis pies, marcando pasos básicos, y ella me
siguió con torpeza, pero con una sonrisa que valía más que mil pasos perfectos.
Empezó a reír cuando giramos y casi se le va un pie. Yo la agarré con firmeza.
—Te tengo —le susurré, y la vi, por un segundo, rendirse al
ritmo y al momento.
Y entonces, como si el universo quisiera sabotear la magia,
la música de fondo —que venía del parlante de alguien en la esquina— cambió
abruptamente a reguetón duro, y un tipo con gafas oscuras en pleno interior, camisa
abierta y actitud de "yo soy el centro del planeta", se metió al
medio.
—¡A ver, a ver! ¡Dejen espacio! —dijo, empujando con la
mano, y a Vale casi la hace perder el equilibrio.
—Ey, tranquilo —le dije, bajando el tono pero firme.
—¿Y este qué? ¿Animador de fiesta infantil o qué? —respondió
el tipo, mirándome con una sonrisa burlona.
—Solo estamos bailando, bro. Relájate —le respondí,
colocando el cuerpo entre él y Vale, que ya había dado un paso atrás.
El tipo se acercó más, sin dejar de mirar a Vale.
—¿Y tú qué? ¿Te gusta que te carguen como princesa? Yo
también sé bailar
Fue ahí cuando vi cómo Vale frunció el ceño, incómoda. No me
gustó nada. No lo pensé. Lo tomé del hombro.
—Se acabó el show, campeón —le dije, y antes de que pudiera
responder algo más, lo giré hacia un lado con la fuerza suficiente para que
entendiera que no era una invitación.
—¡Franco! —susurró Vale, tensa, tomándome del brazo.
—Ya, ya —le dije sin dejar de mirar al tipo, que ahora
mascaba rabia.
Pero antes de que intentara algo más, el dueño del parlante
—un señor calvo con bigote y actitud de “aquí no me dañan la vibra”— se acercó:
—¡Oe, papá! Aquí se baila, no se busca lío. Si no te gusta,
te vas.
El tipo murmuró algo entre dientes y se fue caminando con el
pecho inflado y cero dignidad.
Yo solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y me
giré hacia Vale.
—¿Estás bien?
Ella asintió, aunque sus ojos seguían un poco abiertos de
más.
—Gracias… —dijo bajito.
—Vámonos. El ritmo puede esperar —le dije mientras le tomaba
la mano de nuevo, esta vez para salir, no para bailar.
Mientras caminábamos hacia la mesa, ella me miró de reojo.
—Sabes que no tienes que protegerme todo el tiempo, ¿no?
—Lo sé —le respondí—. Pero me gusta hacerlo.
Ella sonrió, esta vez más tranquila. Y aunque no terminamos
la canción, algo dentro de mí decía que habíamos empezado a bailar algo más
importante.
Después del primer baile con Vale, nos fuimos a sentar un
rato. Ella se notaba todavía un poco nerviosa, pero ya con una sonrisa más
suelta.
—¿Viste? Sobreviviste —le dije, dándole un sorbo a mi
bebida.
—Sobreviví a tus pasos de muerte, sí —bromeó.
Fue entonces cuando saqué el teléfono y marqué.
—¿A quién llamas? —preguntó.
—A Miche.
A los diez minutos llegaron Miche y Dani, su novia. Miche
traía esa energía de "no necesito permiso para prender la rumba" y
Dani, con su flow siempre elegante, saludó a Vale, literal. Amigas de toda la
vida. No tardamos nada en volver a la pista.
La música estaba buena, la vibra empezaba a subir otra vez.
Bailábamos en grupo, riéndonos, coreando los coros. Pero yo ya había notado
algo raro: ese mismo tipo de antes, el del ego más grande que la pista, se
había quedado cerca. Con su pareja, una chica de vestido fucsia corto y cara de
fastidio permanente, nos lanzaban miradas como cuchillos.
Entonces empezaron los choques.
Primero fue sutil, un codazo al pasar. No dije nada.
Segundo, un paso atrás brusco que le pegó a Miche. Tercero, un empujón lateral
que casi hace que Dani se tropiece.
Cuarto... fue el último.
El tipo se echó un pasito de esos amplios, y chocó
directamente con Vale. Ella perdió el equilibrio y tuve que agarrarla.
—¡Ya van cuatro, animal! —le grité al tipo.
Pero antes de que yo pudiera decir más, Vale se soltó y se
plantó frente a él.
—¿Cuál es el problema, o es que no sabés bailar sin meter
codazo, bobo?
El tipo sonrió con condescendencia, pero su novia no.
—¡A ver si baja la voz, piroba, que nadie le habló! —saltó
la del vestido fucsia.
—Disque piroba… A mí no me hable así, culicagada. Cállese
usted que con esa cara ni pa’ pelear sirve —gritó Vale, botando veneno por la
boca
—¡Ey, respétala! —dijo el tipo, y ahí sí dio un paso hacia
Vale.
—¡Dale, atrévete ome! —le dije mientras me metía entre los
dos.
Todo se congeló por un segundo. Dani apartó a Vale por
detrás. Miche me miró como preguntando "Aja, ¿cómo fue?". El tipo me
empujó con el pecho.
—¿Qué pasa? ¿me va a pegar?
Le respondí con un solo movimiento: boom, directo en
el pómulo derecho. Cayó hacia un lado, pero no se fue al suelo. Se lanzó hacia
mí, y ahí sí empezó la rumba de putazos.
Miche se metió, el tipo tenía otro amigo que apareció de la
nada, y ya estábamos en lo que solo puedo describir como una "coreografía
de puños y gritos". Sonaban botellas cayendo, alguien gritó "¡la
policía!" aunque no se veían luces por ningún lado.
Vale le lanzó un tacón en la cara a la otra chica, que
intentó jalarle el cabello y salió resbalando con sus propios tacones. Dani,
calmada pero letal, apartaba a cualquiera que se acercara demasiado.
Yo tenía al tipo contra una mesa cuando alguien gritó:
—¡Ya, ya, ya! ¡Se va a descontrolar!
Pero ya estaba descontrolado.
Finalmente, alguien del lugar —probablemente el organizador—
se metió con otros dos tipos grandes y separaron a todos. A mí me arrastraron
hacia una esquina mientras Vale me revisaba los nudillos.
—¿Estás bien? —me preguntó, jadeando.
—Sí. No es la primera vez que bailo con los puños —bromeé,
aunque sentía la adrenalina hasta en los dientes.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Miche, mirando cómo sacaban
al tipo y su combo a empujones por la puerta del fondo.
—Ahora nos vamos... pero con estilo.
Y salimos juntos, medio golpeados, sudados, pero con la
certeza de que esa noche nadie se iba a olvidar de nosotros.
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