Pre-final

Universidad Nacional, Bogotá.
El sol cae tibio entre los árboles enormes, las hojas bailan con el viento, y las bicicletas zumban como parte del paisaje. Es uno de esos días donde el mundo parece respirar contigo. Hay un frío sabroso y mucha paz...
Estoy en la cancha junto a Miche, riéndonos como pendejos mientras jugamos volley con otros dos compañeros. El balón va y viene, y entre cada punto que ganamos o perdemos, me doy cuenta de algo: estoy bien, tengo paz mental.
Después de años arrastrando dolor como cadenas oxidadas… me siento ligero.
No sabría decir si olvidé o no. Supongo que no.
Pero ya no duele igual. Me relajé. Me reconstruí.

Pasé el examen de la Nacional.
Ahora estudio Ingeniería Química. Nada fácil, pero mía.
Miche, como siempre en su viaje de loco brillante, estudia Ingeniería Petroquímica.
Vivimos en un apartamento en Teusaquillo, medio vintage, con plantas que se niegan a morir y un gato callejero que adoptamos sin querer. Lo llamamos curiosamente atún porque si.
Ya compramos la neverita, la cocina y la lavadora. Y abiertamente vivimos bien. Ya no somos los mismos vándalos de antes. Tal vez, aprendimos a vivir.

Ya no trabajo en el bar de mala muerte donde me robaban propinas y dignidad. Ahora doy clases de artes integrales en una academia bien puesta. Enseño guitarra, enseño a bailar, enseño inglés… y, sin quererlo, también enseño a seguir vivo.
Creo que logré arreglar el 70% de mi vida.
No está perfecta. Pero ya no se cae a pedazos.
Y justo hoy, en este día tranquilo, con el cuerpo sudado del juego y la risa atragantada en el pecho…
el pasado decide volver.
A pasos suaves.
Con ojos que ya conozco.
Con voz que me partió una vez.

Y entonces la veo.
Valentina.
Otra vez aquí.
Como si el universo no pudiera evitar echarme la sal...
Me volteé, simplemente no hallaba qué pensar... la flaca por la que lloré tantas noches. La flaca por la que dejé de ser yo. La flaca por la que me tragué el orgullo, por la que me rompí en mil pedazos, por la que me inventé excusas, por la que aprendí a fingir sonrisas. La flaca que fue mi sol y mi tormenta, mi todo y mi nada. Y ahora, de repente, ahí estaba, como si nada... Valentina, plantada en la Nacional, y yo quedé atónito sin aire, sin palabras, sin saber si correr o quedarme clavado como un idiota.
No podía creerlo, se veía más mujer. Le calculaba ya unos 22, 23 años. Otra vibra, otra mirada... me la imaginaba ya graduada, ya hecha y derecha, ya mujer, ya. Nada que ver con la flaca de antes, la que lloraba en mis brazos o me sacaba el malgenio por cualquier cosa. Ahora era ella, parada ahí, como si el tiempo hubiera jugado a su favor. Y yo... bueno, yo seguía en modo avión.

Me fui al auditorio, no tenía clases. Me encerré y comencé a llorar. Simplemente no podía contener lo que sentía, tenía el alma un hilo, cuando es que llega Miche

—Solly… ¡¿QUÉ TE PASA?! ¿DE LA NADA TE DIO UN ATAQUE O QUÉ?

—No es nada… Miche… déjame, por favor…

—Nada nada nada… siempre con lo mismo. ¿Entonces por qué carajos estás acá, encerrado, con los ojos hechos mierda y temblando? ¿Qué pasó?

—La vi… a Valentina…

—¿Qué? ¿Valentina? ¿Aquí?

—Sí… ahí. En el parque… y se veía… se veía tan jodidamente linda, tan mujer, tan segura… tan perfecta, tan cabrona… no sabes, Miche… me destrozó… yo la vi y me quebré por dentro.

—Pero… ¿por qué?

—¡Porque yo me maté por ella, MIGUEL! ¡POR ELLA! ¿Sabes cuántas noches pasé llorando? ¿Cuánto me jodí la vida? Dejé de ser yo, por esa flaca… la que hoy camina como si nada, como si nunca me hubiera roto, como si yo nunca hubiera existido… y verla así, tan… tan jodidamente intocable, tan bien… mientras yo estoy acá, hecho un trapo. ¡Me da rabia, me da asco este dolor que no se va!

—Solly…

—¡No, Miche! No me digas un culo… ¡No sabes lo que es tragarte todo esto por AÑOS! Pensar que ya estaba bien, que la había dejado atrás… y ahora… una mirada, UNA SOLA, y me vuelve a revolcar todo el alma. ¡La odio! ¡La odio por todo lo que me hizo! ¡Por cómo me dejó! ¡Y por lo linda que se ve hoy, como si fuera feliz, como si yo nunca le hubiera importado un carajo!

—Ven acá… ven, cabrón… saca todo… suéltalo…

Ahí fue cuando sentí el amor de amigos. Cómo un amigo deja de lado sus complejos, su orgullo, su vergüenza, para simplemente volverse humano y darme un abrazo tan caluroso, tan sincero… tan real, que me rompió aún más, pero de otra forma. Porque en ese instante supe que no estaba solo, que aunque el pecho me ardiera por dentro, había alguien dispuesto a sostenerme cuando ya no podía más. Y ese abrazo de Miche… uff, fue como si por un segundo me sacaran la espina del alma.

Valentina caminaba por los pasillos de la Nacional con ese aire de mujer resuelta, con su bufanda elegante cubriéndole el cuello. Al llegar a Secretaría Académica, se acercó al mostrador, medio inquieta, pero con la voz firme:

—Disculpa… ¿sabes si está inscrito un estudiante llamado Franco?

La chica de Secretaría la miró curioso. Valentina se quedó ahí, esperando, y al moverse un poco, la bufanda se deslizó apenas… y se le alcanzaron a ver unos moretones, tenues pero visibles, debajo del cuello. Marcas que no hablaban de elegancia, sino de otra historia, una que ella trataba de ocultar bajo su ropa y su mirada fuerte. Sin embargo, ahí estaba, preguntando por él… por Franco.

La señora de Secretaría le sonrió amablemente, tecleó un par de cosas y le respondió:

—Sí, claro… Franco sí está inscrito. Estudia Ingeniería Química. Pero hoy no tiene clases, no ha pasado por acá. Seguramente volverá en otra ocasión.

Valentina asintió en silencio. Claro que lo sabía… si él mismo le había contado, tiempo atrás, con los ojos brillantes, que soñaba con estudiar en la “nacho”, esa ingeniería que tanto le apasionaba. Y ahora… ahí estaba ella, parada frente al mostrador, con el corazón apretado y aquellos moretones escondidos, buscando a un fantasma de su propio pasado.

Volví a la U con Miche. Gafas de sol puestas, como escudo... no por el sol, sino por el miedo de que se me notara todo lo que traía por dentro. Iba ansioso, con la respiración entrecortada, el pecho apretado. Caminaba por los pasillos como si cada esquina pudiera esconderla, como si en cualquier momento fuera a aparecer de nuevo. Y si algo tenía claro, clarísimo, era que no quería volver a verla en mi vida. Ni cruzármela. Ni oler su perfume. Nada. Porque si volvía a pasar... no sabía si tendría fuerzas para sostenerme.

—Tranquilízate, hermano… —me dijo Miche, caminando a mi lado—. Respira, no pasa nada. No tienes por qué encontrártela. Es una U gigante.

Yo asentía, pero por dentro sentía que el corazón me daba golpes en la garganta. Cada paso me pesaba, cada mirada que cruzaba me parecía un posible aviso. No podía. No quería volver a verla. No quería volver a romperme.

Salimos de la clase de Sociología, yo ya un poco más calmado, las gafas seguían puestas por si las moscas. Miche me jaló pa' la cancha y terminamos jugando un rato voleibol, echando risas, distrayendo la cabeza, como debía ser.

Y justo cuando empezaba a sentir que el día se enderezaba… zas. Valentina.

No sé cómo hizo, ni de dónde salió, pero de un momento a otro me rapta. Me agarra del brazo, con esa fuerza suya disfrazada de dulzura, y me arrastra a un rincón, lejos de la cancha, lejos de la gente.

—Franco… tenemos que hablar.

Y yo por dentro: jueputa omee… justo lo que no quería.

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